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Revolución en Las Cruces por el siglo de Nicanor Parra

Viernes, 5 de Septiembre de 2014

Difícil que Nicanor Parra se asome si una veintena de fotógrafos apuntan a cada ventana con cámaras, le tienen bloqueada la puerta con stands de comida, autos y calcetineros que le leen en coro “El hombre imaginario” al mediodía de este viernes. Si a eso sumamos las alarmas que se disparan cada vez que alguien roza un auto, las campanas de la iglesia que tañen 100 veces por don Nicanor y la sirena de bomberos que también saluda, es probable que el antipoeta siga imaginario.

Desde ayer acampan algunos móviles de prensa que vieron llegar el Cherokee de su hija Colombina Parra y el regalo de hojalata con la forma de su clásico corazón que le hizo llegar su hijo Barraco.

La privilegiada vista a la costa del Pacífico desde el mirador de atrás también parece ser mucho más atractiva que la feria persa del frontis, pero ahí no se ha asomado tampoco, ni siquiera a alimentar pajaritos en su plato de cobre dispuesto para quienes llama “sus clientes”

“No sale ni cuando hay frío, y va a salir ahora que está llena la calle”, dice un vecino asomado con una escoba. “Además se ve como una picantería no más. ¡Y creo que faltan 100 cuecas!”, lanza sin filtro mientras fuera de su casa se estaciona una combi disfrazada de trolley en la que llegan literatos y turistas colorinas.

El par de Volkswagen Escarabajo estacionados en la calle son el set de fotos de estudiantes, periodistas y paseantes que se apoyan sobre el capó como si fuera un Ferrari estacionado sobre el maicillo. Uno de ellos es “para la parada” como ha dicho Nicanor sobre el vehículo adornado con calas en el que la virgen es su copiloto (con cinturón y todo), el otro está más herrumbroso y ve menos acción que su encachado partner.

Entre las palmas, mariachis, cuecas y campanadas, un cartero trata infructuosamente de que alguien lo escuche en casa de Parra: “¡Aloooooo! ¡¡Cartaaaa!!”, dice a grito pelado, pero al final se retira detrás del canillita que le trae el diario cada mañana a don Nicanor y que vio, por primera vez, la puerta cerrada con llave. Le da un rápido vistazo a los dibujos que muchos niños han dejado en la puerta del poeta, algunos rayados en lienzos y volantes con poemas del escritor.

La Corporación Cultural de El Tabo le canta el cumpleaños feliz al ausente y le siguen algunas cuecas, como la favorita de Parra: “La Cueca Larga”. Dicen haberle traído un vino carísimo desde una exclusiva cava en Santiago. “¿Cómo no va a salir, ahora?”, dicen Se declaran “parranoicas” ante la prensa y reparten entre los asistentes hojas con el poema “El hombre imaginario”, sin saber quizás que para Parra se trata precisamente de un poema funerario.

Si no sale con eso, menos quizás lo haga con el siguiente número: “El loco de la aldea”, una canción interpretada por un cantautor local que deja la sonrisa junto a la guitarra cuando le preguntan su nombre y que, dado su mal carácter, mejor dejamos en suspenso.

Las rejas vecinas han sido decoradas con paraguas rayados con “El hablante lírico”, el popular garabato en forma de corazón de Parra. Vamos en la cueca número 10 y aún no pasa nada. Como la alcaldesa lo intuye, aún no se aparece.

Pero el rumor de asado se hace cada vez menos rumor y un funcionario municipal pregunta por una pala para distribuir el carbón que va a paralizar media calle.

El hombre sigue invisible, imaginario. Presente en coros y versos allá afuera. Se acaban los 100 tañidos de la campana de la parroquia y un chistoso grita cada cierto rato “¡Ahí está!”, antes de romper en carcajadas y pitar un cigarro mirando al suelo. Una figura canosa cruza por una ventana del segundo piso, pero, como en el cuento de Nicanor y el Lobo, nadie lo creería.

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