Palabras al cierre del sindicalismo chileno

Por Sindical360.cl
A pocos días de conmemorar la muerte de Clotario Blest Riffo, el fundamental dirigente sindical y defensor de los derechos humanos chileno fallecido en 1990 su legado también parece comenzar un perceptible ocaso. No es grato admitirlo, pero el sindicalismo chileno parece entrar en la vía rápida a la extinción. Comparto esta reflexión no desde la tribuna cómoda del espectador, sino desde el espacio infatigable de quienes aún creemos en el movimiento gremial y vivimos en sus dinámicas ya fatigadas detrás de un norte conceptual que pierde su gravedad década tras década.
Históricamente, el origen de la organización de los trabajadores ha respondido a un propósito noble y nítido: constituirse como un contrapeso legítimo frente a las asimetrías del poder económico, reivindicando derechos fundamentales, negociando remuneraciones justas y garantizando condiciones laborales dignas. Era, en su génesis, la voz organizada de los postergados. Por esta razón, las convocatorias del Día del Trabajador lograban colmar los espacios públicos con una masa transversal y unida, cuyo único color era el esfuerzo diario, dejando fuera de la ecuación cualquier sesgo doctrinario.
Lamentablemente, el escenario contemporáneo dista radicalmente de ese ideal. El problema de fondo no radica en la herramienta sindical propiamente tal, sino en una cúpula dirigencial de carácter partidista que se divorció de las necesidades reales del trabajador. En el sector privado, el panorama suele mostrarse un poco más ordenado debido a la naturaleza de la negociación; allí se entiende que la sustentabilidad de la empresa es, a fin de cuentas, la garantía del empleo propio. No obstante, el daño sistémico se consolida cuando la cabeza de una organización convoca a movilizaciones respondiendo estrictamente a una minuta política exógena, buscando el entorpecimiento y la coacción en lugar de conquistas laborales genuinas, transformando la estructura sindical en un feudo de proyección personal.
Esta distorsión se vuelve particularmente crítica en el sector público, sobre todo en el ámbito municipal. Cuando se paralizan las funciones estatales, la ciudadanía —que financia y requiere esos servicios— resiente la mala atención y sanciona duramente la ineficacia. A esto se suma una contradicción legal profunda: en Chile, la huelga para funcionarios municipales o fiscales no existe, estando expresamente prohibida por la Constitución Política de la República en su artículo 19 y sancionada mediante los Estatutos Administrativos vigentes (leyes 18.834 y 18.883), bajo los cuales la Contraloría General de la República instruye los respectivos descuentos por días no trabajados. Optar por paros de facto al margen de la ley solo profundiza el quiebre de legitimidad ante la sociedad.
La fragmentación de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) es el reflejo definitivo de esta crisis. Hoy conviven en el país cuatro centrales sindicales nacionales reconocidas ante la Dirección del Trabajo y cada una está capturada por diferentes sectores del arco político institucional. Al atomizarse bajo lógicas partidarias de izquierda y derecha, se anula la esencia de los derechos colectivos. El sindicalismo se ha convertido en un botín de carrera política para unos pocos, alejando a las nuevas generaciones de su misión original y que ven a estas cúpulas con desconfianza.
Los datos objetivos de participación respaldan este declive sin necesidad de interpretaciones. La mayor convocatoria histórica del movimiento se registró en agosto de 2011, logrando congregar a cerca de 400.000 personas solo en Santiago durante una jornada de Paro Nacional. En contraste, las manifestaciones recientes del 1 de mayo a nivel país apenas han convocado entre 40.000 y 60.000 asistentes. Los números son categóricos: más del 90% de los trabajadores activos decide restarse de los llamados de sus cúpulas gremiales, evidenciando una fuga masiva y un desafecto estructural irreversible.
Las organizaciones sindicales deben operar como un contrapeso técnico indispensable para detener abusos y nivelar la cancha laboral; jamás para encasillar políticamente a los trabajadores ni instrumentalizar sus demandas legítimas. Seguir ciegamente las minutas doctrinarias dictadas desde un escritorio, desconociendo el sentir de la calle, solo acelerará el fin definitivo de la representatividad laboral en Chile.
FUENTE.SINDICAL360.CL
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