Zalo Reyes: “A los pobres nunca nos llegará el desarrollo”
Por qué te tengo miedo rubio. Porque te tengo miedo si yo le vengo a cantar a tu nana, y tu nana es la que te cuidó desde niño.
Zalo Reyes
Zalo habla a la velocidad del pensamiento. Casi sin respirar. Con 57 años, algunas crisis y un pie menos, el cantante dispara rápido pero no incoherentemente. Apasionado. Acorralado. Drogas, diabetes, amputaciones, dolores, pero sobre todo la vida de un chico de barrio marcada por el amor a la música, que todavía se desvive por Conchalí y que separa el mundo en dos: ricos y pobres.
Le tocó coquetear con los de arriba en un viaje de ida y vuelta que, según cuenta, siempre advirtió. Tuvo sus descapotables y sus paseos por el barrio alto. Vivió un rato con el “Negro” Piñera, dejó su querido barrio por un tiempo e incluso el hoy candidato de la derecha le prestó un millón de pesos “pero me lo cobró altiro”, recuerda el cantante.
-Conociste la riqueza…
-Sí, pero a mí de chico nunca me gustó la plata. Ni los autos, ni los ricos, ni ninguna de esas huevás. Lo mío es el escenario, por eso no quiero nada más, soy feliz con lo que tengo y sólo quiero cantar.
Entonces, que así sea.
MÁS MAÑANAS QUE NOCHES
Zalo Reyes tiene una parálisis facial y muletas. Pero canta, frasea. El talento está y ahora que su hijo le quitó el teléfono se acabaron los problemas. Boris está a cargo, con constancia y eficiencia, pone cortafuegos a un mundo que se mueve turbio, con productores chantas y vendedores de ilusiones. A la entrada de su casa cerca de Vivaceta no es necesario el número para saber dónde estás. Suena un bolero y del portón ya se ve una morena tocando el saxo según la exigencia de un joven pero talentoso director musical con quienes el hombre prepara sus próximos desafíos.
Zalo, Boris Leonardo González Reyes, es afectuoso y sin filtro. Habla como si te conociera de años. A ratos dan ganas de decirle que cuide su lengua, que alguien puede buscar venganza. “No le tengo miedo a nadie”, dice mientras comenta que el diario pop lo tiene censurado. “Un periódico popular está obligado a informar sobre los cantantes del pueblo”, dice con datos que parecen menores al lado de una carrera que lo llevó por el mundo cigarreando. Pero Zalo mezcla y salta de los males sociales a McCartney o Germaín de la Fuente, sin escalas.
A ratos sus pensamientos se diluyen pero pronto ataca de nuevo para criticar a un país que no reconoce sus logros.
-Dijiste que querías morir en el 95, que no sabías si matarte o irte a cantar con Gervasio. Por el tema de tráfico donde se culpó a tu familia.
-Yo me quería morir por vergüenza, pero hoy me es natural lo que pasó. Le hicieron daño a mi hermana y la culparon. Yo también me metí en drogas pero terminé con eso hace dos años. Mi tema de glicemia no me lo permite. Además, eran cuatro cajetillas de cigarros.
-¿No la extrañas?
-No. Antes eran más noches que mañanas, pero hoy a las 10 estoy acostado.
-¿Por qué te drogabas, qué te producía?
-Creo que por penas, por la muerte de mi madre, de mi padre, de mi hermano mayor y mi sobrino. Me molestaba la gente y quería estar solo. Sólo quería hacer música y la droga me agudizaba los sentidos.
-¿Te servía?
-Ponía una canción de una pura tirada, con ritmo, melodía y letra. Paf. Me ponía rápido y con ganas de hacer cosas.
-¿Te costó dejarla?
-Mucho, me metí cinco años y cinco años la pasé muy mal. Y me costó porque venden pura mierda.
CAMINANTE HAY CAMINO
Sus muletas no le impiden caminar, las aprovecha y en el escenario hace la señal de la cruz con ellas. En casa, Zalo se sienta, se para y se vuelve a sentar. Se apasiona. No fuma, toma agua y su casa se rodea de amigos que lo vienen a visitar. Pasa Daniel Vilches y el dueño de La Tuna, este último recolectó cuatro millones de pesos y se los puso sobre la mesa luego de su enfermedad. Amigos leales de ida y vuelta que ríen, cuentan anécdotas, preparan tocatas y ensayan para el Festival de Olmué. En todos los rincones hay música y fe, porque Zalo tiene en casa tres grutas de la Virgen María a las que les reza constantemente. Su mujer lo custodia desde lejos. “No puedo fumar ni a escondidas, me cachan igual”, dice y agrega: “En un momento me pregunté. ¿Tengo casa, tengo familia, tengo perro, me quiere la gente, tengo canciones, tengo salud, tengo mujer, tengo nietos, es buena mi familia, soy famoso? Y todas las respuestas eran sí, entonces dije: perdóname señor mío estoy puro hueviando. Estaba solo porque no me llamaban a Viña, porque la tele me cerraba las puertas… pero en realidad tenía todo, por eso dejé las drogas, porque me aburrieron”.
-¿Cuándo tocaste fondo?
-Tengo una canción que trata de eso. Fue cuando estuve en camilla, después en silla de ruedas y luego en bastones. Me iban a cortar más arriba del pie y pronto caminaría. Sólo quería cantar y ahora voy a Olmué, eso me quita el sueño.
-Esperanzado.
-Sí, pero me da miedo. Nunca me han pifiado, siempre la gente me ha querido, pero tengo miedo. Estaba sentido porque no me llamaron al Festival del bicentenario, pero me llegó Olmué y estoy feliz. Espero que me aplaudan, sólo eso.
Acorralado de canciones
Roberto Livi escribió “Con una lágrima en la garganta” que Zalo popularizó en 1979. Y fue pionero en descubrir al compositor que más tarde hizo canciones para Raphael, Roberto Carlos, Juan Gabriel. Zalo tiene ojo para las canciones y las hace suyas. “Una lágrima y un recuerdo” fue una de las primeras que grabó Marco Antonio Solís, pero en Chile él ya se le había adelantado. Hay un largo etcétera en las baladas a las que el cantante reconoce por “magia”. “Nunca grabo hueas que no me gustan. Una vez una cabra jaibona me dijo que conocía un tipo que se parecía a mí y que teníamos un timbre parecido. Así nació mi versión del `Ramito de violetas’, canción conocida por Manzanita (de Evangelina Sobredo) que también hice mía”. Luego del éxito de Viña (1983) vendría “Prisionera” y hace poco “Acorralado entre mis lágrimas”, un lujo valiente de desgarro.
Suena “Sabor a mí”. Zalo frasea con la experiencia de los años y su estudio parece su espacio natural. Es un romántico gracias a la herencia de su madre y un crooner por necesidad de trabajo. Fue la voz de Capablanca con temas de Peter Frampton en los años setenta donde se nutrió de repertorios variados, de orquestas y músicos, donde las exigencias iban desde Aznavour a Los Golpes.
Hoy, a ratos se enoja con las improvisaciones de la tele, con que los espacios se llenen de basura, de plástico. Se queja, reclama, y dice no entender porque somos tan poco auténticos, porque no sabemos tratar a los artistas. “Edith Piaf fue una cantante del pueblo, la gorriona, también Sandro, también yo. No cachan que los artistas de verdad son para siempre”, insiste. Pero se consuela con el cariño de la gente, con la calle que le tocó vivir. Por eso no vota, porque no cree, sospecha. “Los ricos hablan de desarrollo cuando ellos están desarrollados. Somos los pobres a los que no nos llega el desarrollo ni nunca nos llegará. Conozco cientos, miles… pero el rico es cagao, no piensa en los demás y aísla al pobre, pero el pobre es el que vibra, al que se le paran los pelos con las canciones, él que llora de verdad. Los otros dicen hay que roto más afinado”.
El músico toma aire y ataca otra vez a los “ricachones”. Dice que nunca ha visto un rubio esposado por la tele, tampoco uno de apellido pituco. Se molesta porque él compartió juergas con muchos de ellos pero no da nombres, “no soy un sapo” dice y sigue: “Hacen falta Zalos Reyes en este país, hueones que enfrenten a los de arriba, que son vacas. Sólo caen los negros feos”.
De política dice que siempre ha pensado que él es el presidente de su casa. “Si no canto no como”, sentencia. Ahora que abre la puerta de su hogar se siente orgulloso de su nieto músico incipiente. Es lo que realmente le importa. Y la balada vuelve a ser protagonista: “yo mando todo a la chucha y le doy a la gente lo que le gusta, porque me debo a ellos”. Entre grutas y espacios para consagrarse a la música Zalo recuerda a su amigo Gervasio y lamenta sentido su muerte. “Es lógico que lo mataran” y luego dice que “El Negro” le enseñó a creer en los sueños. “Soñé con ir a Acapulco y fui, con tener un bus como Elvis y lo tuve, hoy sueño con que se me va a sanar la cara y la herida del pie”, subraya. La noche se acerca, la hora de dormir. Zalo tuvo un día agitado, como siempre, las luces de afuera ya no lo desvelan, sólo busca una noche más y un abrazo familiar. LCD
FUENTE.LA NACION.CL
PROFESIONAL DEL MEDIO Sergio Benavides T













